DIOS ES UNA NIÑA NEGRA

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Una orientación y práctica de valores que comprometan a las personas en la definición de prioridades (familiares, laborales, ciudadanos) para guiar una transformación social que garantice  a cada individuo el logro de sus ilusiones, nos permitirá pensar o imaginar un Dios cuya representación antropomórfica sea también omnipotente… una niña negra… o aborigen.

Mauricio Molano Camacho 

Las personas y las naciones se han causado sufrimientos enormes en nombre de la libertad y la religión. Se ha señalado a las grandes religiones por aliarse con los ricos y poderosos y formar parte de los aparatos del poder, mientras plantean su vocación por los pobres. Recogida en el concilio vaticano  II la preocupación de la iglesia por los pobres en la doctrina social, acentuada en algunos círculos por la teología de la liberación, su manifestación sobrepasa el esquema del rico individual y el pobre individual para incluir (extender) a la realidad global de países ricos y países pobres. Sectores de la iglesia moderna le sugerirían huir del rico cuando abandona y explota al pobre y tomar distancia de los grupos dirigidos que mantienen a los pobres en explotación y no cumplen su responsabilidad social: el bien común.

Pero la realidad actual es que ni pobres ni ricos asumen su participación…

Tiene la religión claras connotaciones culturales; las grandes religiones se sustentan en escalas de valores como la “regla de oro”; hay relación dialéctica entre religión y cultura. La religiosa de forma, influye en el estilo de la cultura y la unifica; las culturas, a su vez, adaptan las manifestaciones religiosas y les dan formas y sincretismos originales como la santería en Cuba y Brasil, las mezclas con lo indígena en Guatemala, en Colombia, los chamanismos que deforman la religión y a los propios chamanismos.

En un mundo al que se culpa de dividir al átomo, y de dividir aún más a la humanidad, que es capaz de elevarse hasta la luna, pero es incapaz de llegar a las alturas mínimas de la solidaridad; la cultura y la religión se alejan del religare y en el supuesto humanismo se pierde una característica y potencial cultural de la religión como es su capacidad de: organizar lo social, generar comunidad, generar poder comunitario social transformador, como lo hacían las comunidades primitivas. Esa pérdida del carácter y poder estructurados de la religión que debilita la cultura e impide (no por casualidad) el paso del pobre bíblico ganador del reino de dios al no pobre, digno y merecedor de bienestar.

No es, ni puede ser el hombre un simple espectador en su propia batalla entre genes, herencia y entorno socio – económico – científico / tecnológico, político – cultural. En su búsqueda de control y dignidad no le conviene ni puede dividir religión y cultura: religión sin cultura es vacía, impotente, incapaz de transformar y obrar; cultura sin religión es anarquía, falta de direccionamiento y propósito. Esa falta de intencionalidad impide y deforma el propósito y el sentido.

No debería haber tendencias religiosas que introduzcan al hombre en un individualismo, hedonismo, consumismo y mal entendido humanismo.

En la concepción cristiana el pobre es el verdadero poderoso; no es rico quien tiene mucho, sino quien da mucho. Cristo se refiere frecuentemente al poder del pobre y señala como bienaventurados a quienes son pobres, o, a quien siendo rico, tiene espíritu de pobre, ese humano que “se despojó de sí mismo tomando condición de servidor” de todos, pero fundamentalmente de: los pobres materiales, los débiles mentales, los excluidos, los oprimidos, los vulnerables y los deprimidos.

El individualismo y la escaza moral desestructuran, debilitan, fragmentan, destruyen, mientras que las condiciones opuestas fortalecen, cohesionan, construyen los valores y dan sentido y en ese orden de ideas cada persona escoge su patrón, que en lo fundamental debe ser coherente con un patrón general de valores (cultura), lo cual amplía y estructura el nivel de SENTIDO individual y lo extiende a SENTIDO SOCIAL, BIEN COMÚN.

Se requiere de una orientación y práctica de valores que comprometan a las personas en la definición de prioridades (familiares, laborales, ciudadanos) para guiar la transformación social que garantice a cada individuo las opciones y logros máximos para la realización de sus ilusiones, aspiraciones y potenciales, para que de esa manera vivan una vida plena, útil, significativa, libre, armónica, digna y responsable.

Si acertamos en los valores, los ciudadanos serán poderosos no por el abuso del poder de una minoría europeizante o norteamericanizante (y en el futuro cercano orientalizante); tampoco será poderosos solamente en un sentido del poder del “pobre y el enfermo… el pequeño y el pecador”.

Entonces en lugar de un Dios que se encarna en Santa Clauss o Papá Noel, caucásico y anglosajón podremos pensar o imaginar un Dios cuya representación antropomórfica sea también omnipotente… una niña negra… o aborigen.

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